lunes, 8 de diciembre de 2014

Yehuda Berg en español

 Una tarde de un viernes, el panadero del pueblo tuvo una idea. Él quería hacer un sacrificio ante el Creador. Así que horneó el pan más aromático y delicioso que había horneado en su vida y luego lo llevó a su lugar de oración. Él no estaba completamente seguro de qué hacer con su ofrenda, así que regresó al Arca y la abrió diciendo: “Dios, por favor acepta este sacrificio. Quiero estar más cerca de ti”. Y luego colocó el pan dentro del Arca, la cerró y se fue.

Cinco minutos después, un mendigo entró a la sinagoga. Él había estado mendigando comida durante toda su vida, así que fue hacia el Arca y comenzó a llorar, rogando: “Por favor, Dios, ayúdame”. Luego abrió el Arca y encontró adentro dos hogazas de pan, que para él eran claramente un regalo de Dios. El mendigo se colmó de alegría, tanto por el pan como por este milagro, del que obviamente el Creador lo consideraba merecedor.

A la mañana siguiente, el panadero regresó al templo a ver si Dios había aceptado su sacrificio. Sorprendentemente, el pan ya no estaba ahí, y el panadero fue la persona más feliz del mundo. Fue donde su esposa, la abrazó y la besó, y comenzó a bailar sin soltarla porque estaba muy feliz.

Una semana después, él subió la mirada al cielo y se dijo a sí mismo: “¿Sabes? Quizás Dios acepte otro sacrificio”. Así que llevó más pan al Arca, y cuando volvió, había ocurrido lo mismo. El mendigo había tomado las hogazas de pan, y el panadero estaba muy feliz. Esto siguió ocurriendo semana tras semana, año tras año, hasta que pasaron catorce años.

Una tarde de un viernes, el rabino se quedó dormido en su oficina en el templo, y se despertó por el sonido de alguien frente al Arca murmurando algo sobre un sacrificio de algún tipo. Calladamente, se levantó y echó un vistazo al santuario donde vio al panadero colocar el pan e irse. Unos minutos después, el rabino vio al mendigo entrar y comenzar a rogar: “Dios, por favor dame algún tipo de comida”. Él observó cómo el mendigo tomó el pan del Arca, y vio cómo su cara se llenaba de alegría mientras se alejaba corriendo.

El rabino pensó: “Tengo que arreglar esto”. Al día siguiente, él llamó al panadero y al mendigo a su oficina, y les dijo: “No sé qué pensarán ustedes que ocurre aquí. Tú”, y miró al panadero, “dices que le estás haciendo un sacrificio a Dios, mientras que tú”, y observó al mendigo, “dices que Dios te está dando comida. Pero nada de eso está ocurriendo. Uno de ustedes coloca el pan y el otro lo saca. Dios no está relacionado en esta transacción”. En ese mismo segundo, resultó que Rav Isaac Luria entró e inmediatamente le dijo al rabino: “Prepárate para morir. Dejarás este mundo al final del día”.

El rabino estaba asombrado y aterrorizado y dijo: “¿Por qué yo? ¿Qué hice?”, preguntó.

El Arí le dijo: “Por supuesto que Dios está involucrado. ¿No crees que es un milagro que durante catorce años el panadero siempre haya llegado justo antes que el mendigo? Nunca llegaron en el orden equivocado. Esto es porque el Creador estaba tan feliz de ver ocurrir este intercambio que el mismísimo Ángel de la Muerte no podía entrar a tu templo. Verás, Dios tiene muchas maneras en las que recibe una ofrenda de un sacrificio. Una manera es dárselo a los necesitados. La felicidad del Creador es tan grande que te mantuvo vivo durante estos catorce años. Se supone que tú deberías haber dejado este mundo el mismo viernes en el que comenzó este hermoso intercambio, y habrías muerto de no haber sido por la felicidad de Dios, así como este mendigo también habría muerto de no haber recibido el pan”.

La lección aquí es ver que el Creador trabaja a través de nuestras propias acciones. Cuando hacemos un sacrificio de cualquier tipo, el Creador lo acepta a través de la mano de otro ser humano. Es en nuestras propias interacciones con otros en las que se siente más vibrante la presencia de Dios.