jueves, 14 de abril de 2016

Olvídate de ser perfecto: no hagas nada contigo mismo y relájate en lo divino - Emilio Carrillo

 
Ser perfecto o lo más perfecto posible es la meta de muchas personas, especialmente de la gente religiosa y también de otros que viven la espiritualidad al margen de los credos establecidos… Ser perfecto… Pues bien: el todo y solo el todo es perfecto. Tan perfecto que no cabe aplicarle este calificativo, pues supondría admitir que existe lo imperfecto, cosa del todo imposible en el todo… Pero sí, salvando lo anterior y para enunciarlo de manera directa, solo el todo es perfecto. Punto y final. A partir de ahí, todo depende de tu estado de consciencia.

Si en el recuerdo de lo que eres y es, en tu proceso consciencial, ya te has dado cuenta de que no hay “yo”, de que no hay objetos ni sujeto, de que no eres nadie y, a la vez y por todo ello, eres el todo, entonces ya sabes que eres perfecto como todo y no se te ocurrirá pretender serlo, ni buscarlo, ni perseguirlo desde una ilusa individualidad. En cambio, si en tu proceso consciencial continúas aferrado a la idea del “yo”, de tu existencia separada de la Uni-cidad, entonces la mente y el ego querrán alcanzar la perfección para reforzarse como mente y como ego. Y ese ansia de perfección no será algo espiritual ni trascendente, sino un deseo egóico: vanidad y solo vanidad.

Por tanto, la perfección es otra meta egóica. Y quien intente conseguirla lo hace bajo la abducción de la mente y con el piloto automático del ego encendido. En semejante estado, te interesará la perfección, nunca la totalidad. Sin embargo, si te has percatado de que solo el todo es perfecto y “tú” nunca podrás serlo, te interesará la totalidad, nunca la perfección… Totalidad significa: “Yo no soy, el todo es”. Y es perfecta en sí y por sí, esencial e intrínsecamente, desde siempre, por siempre y para siempre. Pero si piensas en términos de tu propia perfección (moralidad, ideales, carácter…), te estarás dejando llevar por una ficción mental y te esforzarás estérilmente, pues como parte separada jamás gozarás de perfección.

En estas páginas se abordan viejos hábitos y nuevos hábitos de vida con los que sustituirlos. Pero no para que logres la perfección, sino para que recuerdes lo que eres y es. Y ese recuerdo, cuando sea pleno, te conducirá a la consciencia de que Dios (todo) es yo y yo soy Dios (todo) cuando ceso de ser “yo”: cuando no eres nadie, eres el todo. Por eso, con el recuerdo, no desearás ser perfecto como “yo”; y tampoco como todo, pues el todo ya lo es sin necesidad de perseguirlo.

En el ámbito de las religiones se mueve la gente más egoísta, porque están intentando ser perfectos a toda costa. Por esto mismo, están permanentemente tensos, preocupados, esforzándose, sacrificándose… Y para ellos siempre habrá algo que esté mal –en ellos mismos, en los demás, en el mundo…– y que tengan que arreglar. Y se empeñan en “ser buenos”, en “ayudar a los demás”, en “ser un salvador”… Las religiones son fábricas de salvadores… Pero si pones atención te darás cuenta de que, para los que viven aferrados a la mente y el ego y no ven lo real, el mundo y las cosas no son como son, sino como ellos mismos son. Y que ellos son aquello que desde la mente y los pensamientos creen que son o han decido ser. Por ello:

+Cuando decides “ser bueno”, inevitablemente creas desde tu deseo y tu mente a los “malos”, pues si estos no existieran, tu anhelo de ser “bueno” no podría plasmarse en la “realidad” que estás mentalmente proyectando. Igualmente, creas la “maldad” que lleva a los “malos” a serlo, así como la “bondad” que a ti te hace “bueno”.

+Cuando decides “ayudar a los demás”, ineludiblemente creas a quienes precisan tu ayuda, a los “necesitados” de ella, dado que si estos no existieran, tu objetivo de “ayudarles” no podría plasmarse en la “realidad” que estás generando mentalmente. De idéntica forma, creas la “situación de necesidad o escasez (de lo que sea)” que provoca que precisen tu ayuda y la “situación de disponibilidad y abundancia (de lo que sea)” que hace posible que tú se la ofrezcas.

+Cuando decides “ser un salvador”, forzosamente creas tanto las “víctimas” a quienes puedes “salvar” como el “algo”, el “verdugo” o el “perseguidor” que hostiga a las “víctimas” y del que tú, “salvador”, las vas a “salvar”.

         Incluso al leer esto puede que te estés diciendo: no hay problema, mi espiritualidad ya está fuera de las religiones; ya he “despertado” en consciencia… Y de nuevo se pone en marcha la cadena: cuando decides estar “despierto”, obligatoriamente creas a los que están “dormidos”, ya que si estos no existieran, tu deseo de estar “despierto” carecería de sentido en la “realidad” que estás engendrando mentalmente. Del mismo modo, creas los motivos que hacen que los “dormidos” lo estén, así como las razones que provocan tu “despertar”.

Y toda esa gente, “buenos”, “ayudadores”, “salvadores”, “despiertos” y un amplio etcétera de personas que quieren ser perfectas, siempre están inquietos, intranquilos, pensativos, alarmados… Y quieran o no quieran, eso –y no amor– es lo que transmiten al prójimo, a los demás, al mundo, a la consciencia colectiva… No confían en su propia energía de vida y, por esto, no pueden confiar en nadie… Andan obsesionados con la culpabilidad, el pecado, la mancha, los defectos, el mal… ¡Cuánto lío generan en su entorno! A tus santos les gustaría que fueras un robot, sin hambre, sin sed, sin sexo, sin energía vital… Entonces serías perfecto. Pero la vida es tal como es. Tú no tienes cables, tienes nervios; y la energía, en su eterna abundancia, te impulsa y regenera cada día.

En cambio, el que ha recordado, el místico, el que ha entendido, se mantiene constantemente sosegado, relajado, sereno, pacífico… Lo cual no significa indiferencia o apatía. Muy al contrario: desde el amor y la compasión, todo importa. Sin embargo, su enfoque no es el del ego, sino el del todo. Y disfruta de lo que en el aquí-ahora esté llevando a cabo, sea lo que sea, sabiendo que, encarnado en este plano, lo hace como parte y, por lo mismo, quedará imperfecto, incompleto. Y al gozar y no preocuparse, la perfección que sea posible ocurrirá sin causarle inquietud. Ya no será un esfuerzo, una carga, una obligación, un sacrificio. Será una gracia… Si te acercas a un místico sentirás que hay cierta gracia en torno a él, que no realiza trabajo alguno. Él no ha hecho nada consigo mismo, simplemente se ha relajado en su divinidad, en el todo. Y tú sientes esa ausencia de esfuerzo; percibes que fluye espontáneamente

Viejo hábito
Nuevo hábito
Pretender ser perfecto o lo más perfecto posible; empeñarse en “ser bueno”, en “ayudar a los demás”, en “ser un salvador”…; encerrarte en reglas morales; andar obsesionado con la culpabilidad, el pecado, la mancha, los defectos, el mal…; estar siempre inquieto, intranquilo, pensativo, alarmado… en esa dependencia de la perfección deseada, buscada, anhelada…
Comprender que el ansia de perfección no es algo espiritual ni trascendente, sino un deseo egóico –vanidad y solo vanidad– y que solo el todo es perfecto y “tú” nunca podrás serlo. Totalidad significa: “Yo no soy, el todo es”. Y es perfecta en sí y por sí, esencial e intrínsecamente, desde siempre, por siempre y para siempre. Pero si piensas en términos de tu propia perfección (moralidad, ideales, carácter…), te estarás dejando llevar por una ficción mental y te esforzarás estérilmente, pues como parte separada jamás gozarás de perfección.
Por tanto, mantente sosegado, relajado, sereno, pacífico… Lo cual no significa indiferencia. Muy al contrario: desde el amor y la compasión, todo importa. Sin embargo, tu enfoque ya no será el del ego, sino el del todo… Disfruta de lo que en el aquí-ahora estés llevando a cabo sabiendo que, encarnado en este plano, lo haces como parte y, por lo mismo, quedará imperfecto. Y al gozar y no preocuparte, la perfección que sea posible ocurrirá sin causarte inquietud.

No te inquietes por nada, tampoco por ser perfecto. Simplemente, ¡vive!: vive el momento tan totalmente como te sea posible; vive plenamente y no te preocupes por las consecuencias, por lo que ocurra; vive sin forzar ningún ideal, sin pensar en ningún concepto, sin poner reglas, sin ninguna moral, sin ninguna regulación acerca de tu vida… Vive y deléitate en la vida y con la vida. Esta es la única razón de ser de la existencia. 

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Texto extraído del libro Sin mente, sin lenguaje, sin tiempo, del que es autor Emilio Carrillo.
Puedes acceder a él a través de esta web:
http://www.sinmente.com/