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jueves, 25 de agosto de 2016

SANA TUS EMOCIONES ESCRIBIENDO



Y el verbo escrito se hizo sanación… así es, la maravillosa herramienta que es la escritura y que en siglos pasados era utilizada como un arma de poder por unos pocos (algunos dirán que sigue persistiendo esta situación); y que a lo largo de los últimos siglos han servido como canal de expresión de ideas, ideologías, fantasía, ficción, belleza, sentimientos, emociones, también puede ser utilizada como una herramienta terapéutica.

Se ha demostrado que cuando las personas han pasado por un hecho traumático, que ha sido reprimido, y que las afectan psíquica y emocionalmente, al confrontarlo con la escritura pueden expresar los sentimientos y emociones relacionados a dicho-hecho, permitiendo así, una mejora física y mental significativa. El psicólogo James W. Pennebaker ha investigado durante los últimos 30 años, lo que se ha llamado la escritura reflexiva o curativa: “Escribir puede ser una avenida hacia un lugar interior donde podemos confrontar traumas y ponerlos a descansar, y sanar”. Esta práctica hace que haya mejoras significativas tanto en el área emocional como física. Cuando uno escribe lo doloroso de los momentos traumáticos, se liberan ciertas sustancias químicas, que influyen en nuestro cuerpo y en nuestro estado emocional, produciendo una gran mejoría en el sistema inmunológico, cardiovascular, entre otros.

Es importante saber que hay cientos de maneras de escribir para sanar, aquí se muestran algunas guías, que cada persona pudiera utilizar, y experimentar por su cuenta para identificar cual sería la mejor para cada uno de ustedes.

1. Preparándose para escribir.
Encontrar un lugar tranquilo donde no lo puedan interrumpir, que sea hacia el final del día, después de trabajar o antes de dormir.
  • Prométase a sí mismo(a) que va a escribir entre 15 y 30 minutos diariamente, por al menos 3 o 4 días.
  • Una vez comience a escribir, no deje de hacerlo, sin importar los errores ortográficos y/o gramaticales.
  • Puede escribir a mano, o en el computador. Si es muy doloroso escribir en un principio, use una grabadora.
  • Puede escribir sobre la misma situación los 3-4 días, o puede escribir sobre cosas diferentes. Es su elección.
2. Identificar sobre lo que se quiere escribir.
Situaciones en las que ha estado pensando y preocupándose mucho.
  • Algo que haya soñado.
  • Algo que está afectando su vida de una manera poco saludable.
  • Algo que Ud. ha estado evitando, por días, meses o años.
3. Instrucciones para escribir.
a) Método del Dr. James W. Pennebaker y Sandra Beall:
En los siguientes 3-4 días escriba sobre sus emociones y pensamientos más profundos acerca de la experiencia mas difícil de su vida. Déjese ir y explore dichas emociones y sentimientos. Cuando esté escribiendo, enlace esta experiencia con su niñez, la relación con sus padres, las personas que ha amado y ama en estos momentos; incluso con su carrera. ¿Cómo esta experiencia ha influido es la persona que hubiera querido ser, la que ha sido en el pasado, y la qué es actualmente?.

b) Método con dos fases:
Fase de Catarsis: Teniendo ya identificado el tema o situación, se hace una especie de catarsis, donde escribimos todos los sentimientos y emociones relacionados con el tema: la rabia, el dolor, el miedo, el rencor, etc., que se han sentido en el pasado y aún se sienten en el presente … Lo más importante es ser honesto con nosotros mismos… se puede llorar, maldecir, reír, gritar… y pensar que a medida que las escribimos se alejan de nosotros. Si la escritura se torna muy dolorosa, se puede hacer otra cosa y continuar al día siguiente. Cuando se sienta que de han desahogado los sentimientos y las emociones guardadas, se puede pasar a la siguiente fase.

Fase de reinterpretación o reescritura: En esta fase se relee el texto escrito, se reflexiona sobre el mismo y se trata de ordenar las ideas. Es necesario evitar los pensamientos irracionales, que ya deberían haber salido en la primera fase. Si no es así, volver a la primera fase. Al reflexionar sobre lo escrito, la idea es reinterpretar lo sucedido con un espíritu positivo, sin autoengaño y coherencia. Se pueden hacer las siguientes preguntas:
  • ¿Qué pasó, en qué momento, dónde y cómo?
  • ¿Quiénes estuvieron envueltos y cómo pienso que fueron afectados por la situación planteada?
  • ¿Cuáles fueron mis pensamientos y que emociones estuvieron involucradas?
  • ¿Qué pienso ahora y cómo me he sentido desde entonces hasta hoy?
  • ¿Cómo reaccioné y me sentí al actuar así, qué consecuencias creo que tuvo pensar, sentir y actuar así?
Es necesario descartar los pensamientos que alimentan el dolor; se trata de sanar. Y para descubrir los aspectos positivos de una situación traumática, se pudieran hacer las siguientes preguntas:
  • ¿Quién me apoyó?
  • ¿Qué me ayudó a seguir adelante?
  • ¿Qué valores personales me alientan a seguir con mi proyecto de vida?
La reinterpretación positiva de una situación traumática a través de la escritura, nos permite indagar sobre otros posibles significados de nuestra realidad, y nos hace más conscientes de nuestros actos, y a valorar sus consecuencias, desde otros puntos de vistas.

c) Muchas personas no han tenido grandes experiencias traumáticas en la vida, pero la mayoría ha tenido grandes conflictos y factores estresantes en sus vidas, y se puede escribir sobre ellos también.

d) Algunas personas pudieran sentirse, de cierta forma, tristes o deprimidos después de escribir. Estas sensaciones, normalmente desaparecen en un par de horas. Si encuentra extremadamente difícil escribir sobre un tema determinado, simplemente detenga la escritura o cambie de tema.

e) Es posible no querer enfrentar los traumas, preferir olvidar y no hurgar en la herida; sin embargo, a la larga, el esfuerzo por inhibir el trauma acaba con la salud física, y tarde o temprano, va a afectarnos psicológicamente.

4. Qué hacer con el texto escrito.
Lo que haya escrito es para Usted y solo para Usted. El propósito es que Usted sea completamente honesto consigo mismo. Cuando escriba, piense que al finalizar la escritura, botará ese texto. Sin embargo, algunas personas, guardan sus escritos, y los editan, cambiando lo que escribieron diariamente. Otras lo guardan para revisarlos más adelante y ver cómo han cambiado. Otros los queman, los borran, los rompen en pedacitos y los lanzan al mar; o dejan que se los lleve el viento. Es su decisión si decide guardarlo o botarlo.

La medicina de la escritura no solo mejora nuestra salud física, también nos ayuda a conocernos mejor, nuestros problemas y alegrías, virtudes y defectos, fortalezas y debilidades. Nos aporta serenidad, haciéndonos emocionalmente mas inteligentes y competentes para discernir entre lo positivo y lo negativo. Nos hace personas mas adaptadas y enriquece nuestras relaciones. Escribir puede sanar. Y este poder queda en nuestras manos.

Fuente: Revista Mente Sana. Escribir para sanar - Manu Rodríguez.
 
fuente: aqui 

sábado, 30 de julio de 2016

Miedo al cambio



 ¿Te sientes amenazado ante el cambio? ¿Sientes que tu vida puede estar fuera de tu control?
“No sobrevive el más fuerte de la especie, ni el más inteligente, sino el que mejor reacciona ante el cambio” (Autor desconocido)
ENFRÉNTATE AL MIEDO Y VÉNCELO
¿Cuántas veces te has encontrado en una situación molesta, difícil o dolorosa y no haces nada o casi nada para cambiarla? ¿Cuántas veces piensas que no hay nada que hacer o que es mejor no arriesgarte?
Uno de los mayores obstáculos para mejorar nuestra autoestima y nuestra vida, en general, es el miedo al cambio. Lo conocido nos da la impresión de seguridad y estabilidad, aunque estemos sufriendo.

Este miedo es el que impide que nos alejemos de relaciones o situaciones problemáticas y difíciles. No nos permite trabajar para mejorar nuestra autoestima. Ni luchar por nuestro bienestar. Y es la razón de la frase: “Más vale malo por conocido, que bueno por conocer”.

El miedo al cambio incluye el temor a fracasar, tener éxito, al compromiso, a perder ciertas cosas o privilegios, al rechazo, etc.
¿CUAL ES LA RAZÓN DEL MIEDO AL CAMBIO?
Son muchos los motivos que nos impiden cambiar:
  1. Una autoestima baja, que se refleja en dos tipos de pensamiento:

  2. La posibilidad de perder la atención y el apoyo que recibimos de la gente que nos quiere ayudar o que “entiende” nuestros problemas.

  3. La creencia equivocada de que cambiar es ser inestable.

  4. El tener asociados los cambios con las crisis.
    Con situaciones externas que nos obligan a cambiar, sin desearlo o estar preparados para ello.

  5. La respuesta de la gente que nos rodea, que puede ser muy negativa. Nuestro cambio puede provocar angustia e incomodidad en algunas personas, cuya respuesta puede ser de crítica o rechazo.

  6. Pensamientos catastróficos y extremistas, sobre todo lo malo que el cambio va a traer.

  7. El hábito erróneo, de valorarnos en función de lo que hacemos o tenemos. Por lo tanto, pensamos que si fracasamos, nuestro valor como personas disminuye.

  8. La posibilidad de perder el control sobre nuestra vida y las circunstancias.
    La falta de control, aunque sea momentánea, nos causa angustia, por lo que tratamos de evitarla.
  • No voy a lograr estar bien, porque no me lo merezco.
  • No tengo la capacidad para resolver los problemas que surgen con el cambio o para hacer todo lo necesario para tener éxito.
Sentir temor ante una situación desconocida, que puede amenazar nuestro bienestar, es normal. El problema surge cuando nos dejamos manejar por ese temor o lo “alimentamos” con una serie de pensamientos equivocados.
No es fácil cambiar, porque además de los temores que nos lo impiden, nuestra forma de pensar y actuar se ha convertido en algo automático. Como automáticos son los pensamientos que mantienen nuestra autoestima baja y alimentan el miedo al cambio.
A veces ni siquiera nos damos cuenta de dichos pensamientos y de los sentimientos y motivos de nuestras conductas. Pero si el temor o el no querer hacer el esfuerzo, nos mantiene en el mismo lugar, nuestra vida nunca va a ser como queremos. Y sólo nosotros podemos mejorarla.

¿QUÉ HACER?
Es un hecho que lo que estás haciendo, no te esta dando el bienestar que deseas. Por lo tanto, es el mejor momento para actuar. Recuerda lo que dijo Einstein: “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”.

Elige una situación específica en la que quieras mejorar o puedes enfocarte en elevar tu autoestima. Somos una unidad y los resultados en un aspecto, repercuten en otros. No trabajes en muchas cosas al mismo tiempo.

Recuerda que el cambio es un proceso lento. Es como plantar la semilla de un árbol. Necesitas cuidarla y alimentarla y poco a poco surge la planta. Hasta que un día volteas y ves un árbol fuerte y hermoso.

Describe, la situación que te está causando angustia, dolor, malestar y/o problemas.
Escribe, con la mayor cantidad de detalles posibles:
  1. Todo lo negativo que está asociado a esa situación.
  2. Cómo va a ser tu vida cuando cambies esa situación.
Ahora cierra los ojos e imagínate en tu nueva realidad. Observa cómo te sientes, cómo actúas, etc. Fija esa imagen en tu mente.
¿Sabes qué es lo que necesitas hacer, para lograr lo que deseas? ¿Qué es lo que te impide obtenerlo?
Uno de los mayores obstáculos es nuestra manera de pensar. Trata de darte cuenta de lo que estás pensando. Si te es difícil, imagínate que pensaría cualquier persona que se encontrara en esa situación.

Analiza esos pensamientos y ve donde y cuando aprendiste a pensar así. ¿Crees que todavía son apropiados para tu forma de ser y para la vida actual? Si son inadecuados para lograr tus metas, cámbialos.

¿Qué te diría la persona que más admiras, si le comentaras cuales son esos pensamientos que te están causando daño? ¿Qué te sugeriría como alternativa?
Analiza que es lo que te da miedo cuando piensas en cambiar. ¿Qué crees que puede suceder? Revisa esos temores y ve que tan reales son. Muy probablemente estén un poco exagerados.

Piensa en todo lo que estás perdiendo por dejarte gobernar por temores o ideas que pueden estar equivocados o exagerados.

Si no sabes qué hacer para cambiar o mejorar tu situación o cómo hacerlo, busca ayuda. Pero busca un familiar, amigo o persona que realmente tenga la capacidad, conocimientos y objetividad para ayudarte a encontrar la mejor solución. O recurre a libros y artículos, serios y confiables, relacionados con el tema.

Si estás trabajando en tu autoestima, muy probablemente necesites la ayuda de alguien que tenga experiencia en este aspecto.

Cada vez que te desanimes y quieras regresar a tu conducta anterior, piensa que, aunque sea incómodo o difícil en estos momentos, estás construyendo las bases para una vida mejor.

Si empiezas a tener dudas, háblate como le hablarías a tu mejor amigo, para ayudarlo a lograr lo que desea.


No vale la pena ser prisionero del miedo. A la larga el sufrimiento es mucho mayor. Cuando sientas miedo de cambiar, recuerda que está comprobado que el 90% de las cosas negativas que creemos que van a pasar, nunca suceden.
¿Por qué imaginar lo peor, si puedes imaginar lo mejor?
Ten siempre presente en tu mente, la imagen de lo que vas a lograr y de cómo te vas a sentir.


Recuerda que tú eres el dueño de tus pensamientos. Tú los generas y tú puedes cambiarlos por otros. Y cuando cambiamos nuestra manera de pensar, cambian nuestros sentimientos, conductas y vida en general.
“El camino al éxito está formado por información, acción y perseverancia. Cada paso, por pequeño que sea, te acerca a la meta” Tú puedes lograrlo. (Silvia Russek)

fuente: aqui

domingo, 17 de julio de 2016

Psicología: Quítale el Drama a tu vida


A mis consultantes siempre les aconsejo que desdramaticen las situaciones de su vida. Hay gente que vive demasiado intensamente cada pequeño detalle de su rutina, convirtiéndose en algo intolerable desde todo punto de vista. Cuando todo el tiempo estamos considerando que nuestra pareja no nos ama lo suficiente o nos es infiel, cuando creemos que nuestros amigos sólo nos quieren utilizar, cuando se vuelca café en nuestra camisa inmaculada, cuando nos enfrentamos a situaciones pequeñas o grandes y lo único que somos capaces de hacer es creer que es el fin del mundo, evidentemente esto se convierte en una alerta que nos incita a reconsiderar nuestros pensamientos predominantes.

Lo primero que tenemos que tener en cuenta es que no podemos leer la mente de las personas que nos rodean. Con esto me refiero a que jamás deberíamos pretender entender cada pequeña acción que el otro lleva a cabo ni tampoco deberíamos sacar conclusiones precipitadas y erróneas. Por ejemplo, si alguien no nos respondió un mensaje de texto no necesariamente implica que no seamos personas importantes, si alguien está de mal humor, no significa que ya no nos quiera o que seamos los causantes de ese estado.

Un error de interpretación de la realidad en extremo común, es que usualmente tendemos a creer que somos los responsables de las reacciones emocionales de los demás y si bien es cierto que esto sí puede ocurrir, la mayor parte de las veces los demás están concentrados en sus propios problemas de los cuales nada tenemos que ver. Así que cuando algún individuo, sea alguien muy querido para nosotros o un mero conocido, actúa de una manera que no nos satisface, no asumamos de inmediato que fuimos los que provocamos esa situación, porque generalmente estaremos equivocados.

Muchas personas poseen una mentalidad fatalista y consideran que todo se está desmoronando cuando en realidad no es así. Los más mínimos detalles se convierten en pruebas fehacientes de que todo es un completo desastre y así se convencen de que nunca encontraran una persona que las ame, que jamás aparecerá ese trabajo que desean o que pronto perderán el trabajo que consiguieron porque se sienten incompetentes, que es espantoso envejecer porque seguramente estarán enfermos, etc, etc. ¿Por qué siempre esperar lo peor de todo? Esta actitud pesimista conduce a dos cosas, primero a una angustia poderosa y segundo, podemos sin quererlo concretar ese temor tan terrible mediante la profecía autocumplida.

Cuando nuestra mente se encapricha con un resultado, inconcientemente hará todo lo posible para que se haga realidad y es así que si tememos a que alguien nos abandone nos pondremos tan insoportables que esto ocurrirá en verdad o tememos tanto equivocarnos que en vez de concentrarnos en el trabajo nuestra mente se dispersa y evidentemente si nos equivocaremos. Nuestros actos reflejan nuestros pensamientos y si éstos son netamente dramáticos estamos invocando aquello que decimos repudiar. Nos damos por vencidos en nuestro corazón antes de poner nuestras energías en lo que realmente deseamos.

Darle demasiada importancia a los hechos triviales de la vida es una gigantesca pérdida de tiempo. Si nos ensuciamos la ropa limpia por accidente es mucho más util cambiarnos lo antes posible en vez de perder diez minutos insultando al cielo, si nos caemos es mejor levantarse lo antes posible en vez de considerarnos unos torpes, si llegamos tarde lo mejor es llegar con una sonrisa dulce que con rostro de culpable. Tantos detalles increíblemente irrelevantes pueden arruinarnos todo un día si nos cambiamos de actitud de inmediato. Es conocida esa frase que dice “desearía no haberme levantado de la cama hoy”. Pues bien, sólo porque un par de eventos no coincidieron con nuestro deseo no quiere decir que es un día perdido, el asunto es que cuando ocurre el primer accidente ya nos ponemos a la defensiva y todos los sucesos venideros entraran en los cánones del dramatismo.
Toma las cosas como son, algo es tan molesto como tú lo permites que sea, pasa por alto la primer cosa mala que te ocurra en la mañana y verás como el resto del día se desenvuelve con naturalidad. Basta conque vayas caminando con una actitud malhumorada para que tu rutina se convierta en un infierno.

Tantas situaciones, discusiones, problemáticas, pueden ser solucionadas si tan sólo intentamos verlas desde una perspectiva objetiva, racional y empática. Si quieres ser más feliz este es uno de los secretos más importantes: ¡el drama no sirve absolutamente para nada! Toma el control de tu vida cuestionando aquellas cosas que te hacen sentir triste, de seguro comprenderás que muchísimas situaciones son mucho más inocentes de lo que crees. Date una oportunidad y brindales a los demás una oportunidad también. Dile adiós al drama y aprende a sonreír más. La felicidad yace en los detalles, un cambio de perspectiva puede ser el comienzo de un cambio de vida.

Psicóloga Mariana Alvez

fuente: aqui

jueves, 16 de junio de 2016

Costumbres que siembran pobreza en nuestra mente


Nuestras costumbres influencian nuestro estado físico y emocional, además de programar nuestro comportamiento que acaba por definir nuestra vida. Hay hábitos de los que sería mejor olvidarse, evitar a como dé lugar. Algunos de ellos son los siguientes:
1. La costumbre de autocompadecerse
Las raíces de la pobreza empiezan a crecer cuando la auto-compasión y brotan las quejas acerca de lo “miserable” de tu vida. No tienes la figura que deseas, no tienes los ingresos que querrías, la educación que recibiste no es la que necesitabas, tu casa no es como la de la revista, el clima de hoy no te agrada, el vendedor en la tienda no te escuchó como debía, y todo, absolutamente todo a tu alrededor puede ser un motivo para sentir lástima de tí mismo y quejarte de tu mala suerte.
Entre tanto, las personas que tienen la costumbre de autocompadecerse van perdiendo la simpatía de quienes los rodean. Y es que claro nadie quiere compadecerse eternamente de alguien así, con una vida llena de malas noticias. Nadie espera nada de un hipocondríaco crónico, se sabe que lo único que puede hacer es gimotear y por eso tampoco es común que se lo invite a nada ni se le tenga en cuenta. Para alguien así es muy difícil entablar relaciones personales que a su vez son muy importantes para forjar una carrera y conseguir un trabajo interesante. Autocompadecerse es la mejor manera de ganarse un sueldo miserable y tener una vida gris.
2. Costumbre de ahorrar en todo
Si en la tienda siempre vas en busca de la sección de rebajas, si piensas que les pagan más a tus colegas del trabajo aunque trabajen menos; si nunca le prestas nada a nadie, no dejas ni la más mínima propina a los camareros eso significa que la costumbre de la pobreza ya ha hecho nido en tí.
Los analistas dicen que intentar economizar en todo está lejos de ser signo de ahorro razonable y por el contrario es un síntoma de que la persona es incapaz de balancear sus gastos y sus ingresos.
3. Costumbre de medir todo en dinero
Sólo las personas en cuyas mentes crece la pobreza piensan que la única manera de ser feliz es tener un salario con gran cantidad de ceros y que no hay lugar para la alegría si no se tiene ropa cara, casa propia y un automóvil de alta gama. Los sociólogos aseguran que al responder a la pregunta ¿qué necesitas para ser feliz? sólo aquellos con una mentalidad de pobreza empiezan enumerando los bienes materiales, mientras que aquellos con un punto de vista mejor enfocado mencionan el amor y la amistad en primer lugar. Lo interesante es que este último tipo de personas rara vez hablan de cuentas bancarias porque piensan que la riqueza se mide en la capacidad de generar ingresos y tener visión. Una persona verdaderamente exitosa no depende del tamaño de su saco de oro.
4. Costumbre de entrar en pánico cuando el dinero se acaba
Si con sólo pensar que se puede ser parte de la próxima oleada de despidos, el pulso se acelera y eso puede ser un síntoma de una mente programada para la pobreza. La verdad es que el dinero es un fluido que va y viene.
5. Costumbre de gastar más de lo que se gana
Si trabajas en dos lugares pero aún así no te alcanza el dinero, es hora de cambiar algo en tu vida. Si una persona no logra entender en qué se diferencia un crédito de otro lo más probable es que nunca llegue a conocer la estabilidad económica.
6. Costumbre de hacer lo que no te gusta
¿Si no lo hago yo, entonces quién lo hará? Los psicólogos afirman que las personas cuyos empleos no les satisfacen están potencialmente programados para la pobreza y lo que podríamos llamar “mala suerte“. La razón está en los sentimientos que se despiertan en la persona al tener que ocuparse de asuntos que no le gustan. Para desterrar esa costumbre es necesario hacer no lo que alguien más necesita, sino lo que más nos produzca satisfacción. Sólo en ese caso es posible ver resultados “milagrosos”. Ya dicen por ahí, si vas a ser zapatero, debes ser el mejor; y con razón, si te gusta lo más probable es que acabes teniendo una zapatería.
7. Costumbre de no tener una buena relación con las personas de tu familia
Aunque podría parecer que tener malas relaciones con los miembros de tu familia no es algo tan grave, en realidad eso genera una especie de “tabú” mental y un malestar que podría llegar a convertirse en odio. El odio se convierte en amargura y la amargura en pobreza mental, que a su vez no permite ningún tipo de cambio ni perdón.

fuente: aqui

miércoles, 25 de mayo de 2016

Para ser feliz debes aprender a ignorar a muchas personas


Muchas veces alejarnos de las personas conflictivas no solo es una cuestión de comodidad, sino de salud mental. Hay actitudes que nos llegan a desequilibrar tanto que nos bloquean y nos impiden realizarnos, sometiendo nuestro bienestar emocional a sus antojos.

Todos sabemos de buena tinta que nuestras relaciones no siempre nos aportan algo positivo, aunque realmente lo esperemos. A pesar de que somos conscientes de esto, nos cuesta darnos cuenta de que estamos alimentando intercambios tóxicos.
O sea, nos parece algo “tonto” e incoherente pero, sin embargo, no podemos escapar de la realidad. Sacrificar nuestro bienestar por los demás está a la orden del día para cada uno de nosotros.
Así que nos encontramos ante el triste panorama de vivir sometidos a relaciones insanas con personas que no nos aportan sinceridad ni buenas emociones. Es decir, intercambios cargados de intereses y egoísmos. Por eso, para poder crecer debemos aprender a ignorar a cierta gente en ciertos momentos.

¿Qué es lo que debemos ignorar para ser felices?
Las situaciones a partir de las que conviene comenzar a regalar nuestra ausencia son variopintas. Normalmente podemos reconocer con facilidad lo que nos turba pero es posible que nos lleve un tiempo en otras ocasiones.

Conocerlas nos ayudará a tomar conciencia de la realidad e incluso puede ayudarnos a anticipar estas cuestiones, de manera que podamos impedir que nos hagan más daño que el inevitable. Dicho esto, veamos algo más detenidamente lo que debemos aprender a ignorar:

1. Las críticas de los demás. Nadie nos puede afectar sin nuestro consentimiento. O sea, somos nosotros lo que damos validez a las opiniones de los demás. Lo que otros piensen sobre las decisiones que tomamos no debería importarnos, ya que es tan probable que nosotros nos equivoquemos como que ellos lo hagan.

2. La creación de inseguridades. Hay personas que se piensan que son expertos en la vida de todo. Estos acaban consciente o inconscientemente, creando inseguridades y pequeñas frustraciones en la gente que les rodea. Procura ignorar este tipo de actitudes, pues solo te conducen a la frustración.

3. Preocuparnos por lo que no podemos controlar. Si nos preocupa cómo va a actuar esa persona o qué va a hacer o decir, algo va mal. O sea, la gente no va haciendo daño deliberadamente y no debería de tenernos en vilo que nos respeten o no. Si esto ocurre, es mejor de te alejes de esa persona.

4. Las comparaciones obsesivas. Está muy bien que la gente triunfe y tenga éxito, pero no que hagan sentir a los demás poca cosa. No hay persona más insignificante que aquella que usa sus logros para menospreciar a los demás. Por eso, sigue centrándote en lo que tú puedes hacer para seguir creciendo y recuerda que lo que consigas depende en gran parte de que te lo creas.

5. Los intereses y egoísmos. No todo el mundo te está ayudando cuando intentan aparentar estar haciéndolo. Empieza a desactivar la realidad y analiza hacia qué lado se inclina la balanza siempre. Si hay un equilibrio, significa que hay armonía en vuestra relación; si por el contrario no lo hay, algo va mal.
Regala tu ausencia a quien no valore tu presencia.
Regala tu ausencia y tu indiferencia a quien no te valore; pero no de cualquier forma, auséntate emocionalmente. No lo hagas como una forma de venganza, sino como una manera de protegerte.
Tenemos que darnos cuenta que con el tiempo la imagen que tenemos de las personas puede cambiar, lo que implica que desconoceremos a aquellos que creíamos conocer.
A veces nos percatamos demasiado tarde de que todo lo que hemos hecho por alguien ha sido ignorado o menospreciado en el terreno emocional. Es posible que entonces nos sintamos decepcionados y que nos demos cuenta de que no han movido ni un dedo por nosotros.
Conseguir que lo que alguien haga o deje de hacer no nos afecte actúa como un bálsamo. Puede que resulte costoso al principio, pero los resultados comienzan a notarse bien pronto en nuestra salud emocional.
De hecho, cuando somos capaces de hacerlo, nos damos cuenta de que es un verdadero placer poder escucharnos sin nada que enturbie nuestro diálogo interior. La verdad es que intentarlo no solo merece la pena, merece la alegría.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Sobre la neurosis social *Alejandro Jodorowsky


“Hay una inmensa diferencia entre ser y parecer. Quien prefiere parecer lo que no es, en lugar de Ser lo que es, padece una neurosis social” (Alejandro Jodorowsky)

Alejandro Jodorowsky: La neurosis social impulsa al individuo no a buscar ser, amar y crear, sino a parecer, poseer e imitar. Como su ego es una ilusión formada por la familia, la sociedad y la cultura, tratando de imponerse frente a los otros, de poseerlos, de hacerse admirar, vive devorando sin cesar, insaciable, la energía de los otros y la del planeta, enfrascado en luchas de poder, que terminan aniquilándolo.

Alejandro Jodorowsky dice que somos como pequeños budas, la naturaleza nos hizo perfectos. Pero la neurosis de nuestros padres, del ambiente, la neurosis social nos crea un disfraz.
Parece ser que el nudo que padecemos es lo que faltó en nuestro árbol genealógico… 

En el nudo llamado “NEUROSIS SOCIAL” uno se pregunta ¿Cuál es mi sitio en este mundo con tanta gente diferente?. Se piensa y se siente que las diferencias establecen derechos. Es la idea loca de “no todos tienen sitio”.

 Más consideraciones:
1.-Como nudo provoca todo tipo de nacionalismos y de racismos, desprecio a una determinada clase social…

2.-La finalidad sana consiste en que cada cual encuentra su sitio en el mundo, cada uno tenemos nuestra propia y exclusiva misión en el mundo. Cada ser es una cara de Dios. Estamos en la abundancia. (Dejamos de ir en manada como los animales)

3.-Como núcleo o semilla significa que no hay igualdad en la vida. No hay justicia estoy en peligro. Hay dominantes y dominados.

4.-Para identificarlo en el árbol, cuando uno de los padres es más rico que el otro. O bien es de una clase social diferente, o de una raza distinta, o de religiones rivales.
Psicomagia: La misión es florecer, cantar con nuestra propia voz…
¿Qué ocurre si tenemos un nudo de neurosis social… intelectual?

En este caso nos sentimos orgullosos de nuestra condición racial o de nuestro estatus social. Dice Alejandro Jodorowsky que Chile padece de una neurosis social avanzada, peor que la hindú y la africana. Dividimos a los chilenos en rígidas categorías sociales, en castas sociales, y eso te encajona en un ambiente en que cuesta mucho salir, porque eso se te mete en el inconsciente…

¿Cómo podemos identificarlo?
1.- Cuando me siento avergonzado de mis orígenes sociales

2.- Tengo ideas racistas… Tengo orgullo de ser blanco, o siento vergüenza de serlo.

3.- No me divorcio para que mi mujer no se lleve 10.000 € al mes.

4.- La neurosis social está presente si me identifico con un grupo determinado.

¿Qué ocurre si tenemos un nudo de neurosis social… emocional?
Cuando trato de “arrimarme” a la alta sociedad, imitarlos, buscando afinidades con esa clase social…

¿Cómo podemos identificarlo?
1.- Si sé algo y no lo puedo enseñar, entonces en realidad no sé nada.

2.- Nuestro entretenimiento favorito es la prensa del corazón, en especial la casa real y la nobleza. El odio que despierta ver a la princesa en la pantalla de la televisión, también sirve de identificativo de neurosis social.

3.- Nuestras amistades favoritas son aquellas que contienen los apellidos que son sinónimo de clase alta.

4.- Coleccionar autógrafos de gente famosa y el interés obsesivo de fotografiarse junto a ellos.
¿Qué ocurre si tenemos un nudo de neurosis social… libidinal?
Cuando nos excita acostarnos con una persona más rica, o de un estatus social mayor.

¿Cómo podemos identificarlo?
1.- El artista que busca reconocimiento por su obra

2.- Desear que nuestro nombre aparezca en los “tablones”
¿Qué ocurre si tenemos un nudo de neurosis social… material?
Aparece la ostentación. La identificación con marcadores de estatus: marcas de las ropas, coche, casa…

¿Cómo se puede identificar?
1.- Cuando pienso que soy el coche que tengo.

2.- Soy “la ropa” con la que me visto, lo que lleva al absurdo de decidir la compra de ropa y los complementos en función de las marcas de prestigio. El rechazar por sistema estas marcas también identifica la neurosis social. “Me gusta esta prenda, me la puedo permitir, pero como es LOEWE, no me la compro”.

3.- Está presente en todas las obsesiones de riqueza o de pobreza. La neurosis social, está presente cuando nos criamos en medio de enormes desequilibrios de clases sociales. Por ejemplo, vamos a padecer este nudo si tenemos una madre que fue una sirvienta, pobre e inculta; frente a un padre médico, rico, soltero de oro, con un patrimonio enorme…
La neurosis social tiene un cierto paralelismo con un concepto que se conoce en psicología y en sociología como “neurosis de clase”.

Vincent De Gaulejac: “Hay conflictos psicológicos ligados a la posición social. Mi objetivo es comprender el origen social de los conflictos psicológicos, analizando la manera en que los determinismos o problemáticas sociales influencian y se traducen en lo individual”.
Su método terapéutico consistía en hacer que el sujeto relatara su biografía. El sujeto es producto y productor de su “novela familiar”.

Vincent De Gaulejac: Un individuo es productor de historias, ya que a partir de procesos concientes e inconscientes, realiza una reconstrucción de su pasado intentando otorgarle cierto sentido.
La Xenofobia es asco ante lo extranjero (persona o costumbre) sin implicar características raciales en principio.

La xenofobia puede ser propia de pequeños grupos familiares con una cierta conciencia de clan, localidades vecinas o grupos profesionales diferentes, comunidades religiosas o colectivos con hábitos alimenticios distintos.

La xenofobia no tiene que manifestarse violentamente, puede evidenciarse en actitudes y comportamientos despreciativos (desde el chiste hasta el silencio significativo).
Lo extranjero pone en peligro al país. Es el caso emblemático del Japón de los Shogun, de la China Ming frente a los mongoles o de la China manchú frente a los occidentales.

Pero, ¿es en la mayoría de los casos real este sentimiento de defensa? ¿Se sienten realmente agredidos todos los xenófobos? ¿Implica siempre que debe aniquilarse al culpable extranjero de esta contaminación de los valores patrios?

Un acto de psicomagia en España, para resolver la neurosis social:
Dice Alejandro Jodorowsky que haría un gran edificio en el centro geográfico exacto de España y crearía la Sociedad de Españoles Unidos, donde estuvieran todos, los catalanes, los vascos, los andaluces, etcétera.

La neurosis de España es su tendencia a separarse, por eso hay que darle un centro nuevo. Los pueblos de España buscan distinguirse porque quieren recuperar la identidad que Franco reprimió, necesitan equilibrar esa injusticia que se cometió.
Traemos a tres geniales pensadores que hablan sobre el nacionalismo:
Einstein: el nacionalismo es una enfermedad infantil: el sarampión de la humanidad.

Deepak Chopra: En la actualidad, ser nacionalista es una forma de ser tribales; la nacionalización es una tribalización sofisticada. Hemos avanzado para ver fotografías de Marte, podemos caminar sobre la Luna, pero continuamos con actitudes tribales.

Erich Fromm: el nacionalismo es nuestra forma de incesto, y el patriotismo es su culto.
Sanaremos del todo la neurosis social cuando entendamos que la humanidad es un coro de numerosas voces, todas imprescindibles para que suene la auténtica música del Universo. Todos tenemos nuestro sitio y todos debemos cantar con nuestra propia voz.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Adictos a la comparación

“Algunas personas sienten la lluvia. Otras, simplemente se mojan”, Bob Marley
La comparación es una amante peligrosa. Sutil y manipuladora, tiene la capacidad de distorsionar la visión que tenemos de nosotros mismos y del mundo que nos rodea. Cuando entra en escena, egocéntrica y extremadamente crítica, nos arrastra a una rueda de constante insatisfacción. Nos desgasta y nos vacía, privándonos de tranquilidad y bienestar. Es entonces cuando nada de lo que somos, hacemos o tenemos parece ser suficiente. A golpe de lengua viperina envenena nuestras relaciones y multiplica nuestro malestar. Nos distancia de los demás y teje una burbuja a nuestro alrededor que únicamente refleja nuestra inseguridad. Para muchos es una adicción, tan irresistible y destructiva como cualquier droga. Y si lo permitimos, puede llegar a consumirnos.

En cualquier situación y ante cualquier persona, incluso tras sólo cruzar un par de frases, se amontonan en nuestra mente oleadas de pensamientos del tipo “Es más alto, más bajo, más guapo, menos divertido, más delgado, más inteligente…que yo”. No en vano, toda comparación necesita de un punto de referencia, y por lo general, nos utilizamos a nosotros mismos como medida. Lo único que logramos al actuar bajo esta premisa es distorsionar nuestra propia imagen hasta destrozar nuestra autoestima. Especialmente porque solemos compararnos más a menudo con aquellas características del otro que juzgamos ‘mejores’, y a restarle importancia a aquellas que no lo son tanto. Además, cuando nos comparamos somos más propensos a ponernos a la defensiva, a sentirnos más susceptibles y por lo tanto es más fácil que reaccionemos negativamente. Es uno de los tóxicos efectos secundarios de la droga de la comparación.

Si aspiramos a construir relaciones sanas con nuestro entorno y con nosotros mismos, tenemos que empezar a comprender cómo funciona y aprender a regularla. Es el primer paso para minimizar sus efectos, brindándonos la oportunidad de hacer las paces con nuestras carencias y áreas de mejora, nuestras necesidades e inseguridades. Quizás no seamos perfectos, pero no logramos nada castigándonos a través de la constante comparación. A menudo, somos nuestro juez más severo y el verdugo menos compasivo. ¿Y qué conseguimos tratándonos así? Tal vez sea el momento de cuestionarnos a dónde nos conduce el camino de la comparación, y preguntarnos en qué persona nos convierte en el proceso.

Las gafas de la distorsión
“Los complejos vienen como pasajeros, nos visitan como huéspedes y se quedan como amos”, Confucio
A pesar de sus múltiples consecuencias, la comparación cumple con una función tan básica como necesaria para nuestra supervivencia. Nos sirve como una especie de brújula, guía o coordenadas, pues nos ubica en cualquier situación en base a una evaluación de nuestro entorno. Nos da un marco de referencia para interactuar con otros seres humanos. Sin duda, resulta útil. Pero para muchos es también una tentación irresistible que, en exceso, se convierte en un fruto envenenado.

La comparación cuenta con abundantes efectos secundarios. Dos de los que causan más estragos posiblemente sean el ‘complejo de inferioridad’ y el ‘complejo de superioridad’. Según la psicología, el complejo de inferioridad es un sentimiento que provoca que una persona se sienta de menor valor que las personas de su entorno. Por lo general, surge como consecuencia de una visión distorsionada del propio ser. Esta circunstancia se da cuando la persona se siente insuficiente cuando se compara con la imagen de lo que cree que tendría que ser. A causa de la constante frustración que le genera el creer que no está a la altura, gana en ansiedad y suma en dificultades de relación.

En este punto entra en escena la sugestión, un arma muy eficaz. Por poner un sencillo ejemplo: si creemos que somos patosos, tenderemos más a tropezar y a caernos. Nuestra mente es un instrumento poderoso que construye nuestra realidad. Cuando tenemos complejo de inferioridad nuestras inseguridades se multiplican, y en ocasiones nos vemos incapaces de lograr nuestros objetivos, ya sean profesionales, académicos, o personales. Y cuando no logramos alcanzar los estándares que consideramos aceptables, a menudo terminamos por tirar la toalla. Perdemos interés, dirección, ganas y propósito. Esta realidad puede desembocar en una permanente situación de desánimo y ansiedad que nos dificulta interactuar con cualquier persona. De ahí que tendamos a evitar cualquier tipo de responsabilidad.

Por otra parte, el acuñado como ‘complejo de superioridad’ por Alfred Adler es un mecanismo que desarrollan algunas personas para compensar sus propias carencias, inseguridades y sentimientos de inferioridad. Optan por magnificar sus propias cualidades, desestimando los logros ajenos. Y también por minimizar sus propios defectos, mirando hacia otro lado cuando hacen acto de presencia. Tienen una visión tan distorsionada de sí mismos que pierden contacto con la realidad, lo que empobrece sus relaciones y les convierte en personas de difícil trato. Destacan por su arrogancia y prepotencia. Suelen disfrutar de ser el centro de atención, y tienden a mirar por encima del hombro. Temen fracasar, y se construyen su burbuja ficticia para protegerse del mundo real.

Ambos hijos del exceso de comparación, nos llevan a vivir una vida de marionetas, sin control sobre nuestras reacciones, conductas y actitudes. Dos ejemplos de cómo el reflejo de los demás en nuestra retina puede truncarnos la existencia. Pero, ¿cómo podemos dejar de padecer bajo su maligna influencia? Y ¿de qué manera podemos recuperar las riendas de nuestra propia vida? Damos por hechas muchas cosas sobre nosotros mismos. Lo que nos gusta, lo que no soportamos, aquello que admiramos, las metas que perseguimos. Pero casi nunca nos damos la oportunidad de cuestionarnos si todas esas certezas absolutas que tenemos sobre quiénes somos son auténticas.

Distancia y perspectiva
“He sido un hombre afortunado; en la vida nada me ha sido fácil”, Sigmund Freud
Todos partimos de un conjunto arraigado de creencias, consideraciones y certezas que conforman nuestra manera de ver, recibir e interpretar todo lo que sucede a nuestro alrededor. Esta base nos viene dada en función de las normas y aspiraciones de la sociedad de la que formamos parte, de los valores –y expectativas- familiares que hemos recibido, y de nuestra propia experiencia, acumulada con los años. Este marco de referencia nos indica quién deberíamos ser, y nos moldea para acercarnos lo máximo posible a ese ‘ideal’. El buen hijo, el trabajador incansable, el padre respetado. Cada uno tiene el suyo propio. Pero la realidad última es que todos llevamos grabada a fuego la idea de quién tenemos que ser. Y en función de lo cercanos o lejanos que creamos estar de ella, nos consideramos más o menos valiosos como seres humanos.

Sin embargo, cada uno ocupa un lugar distinto en este mundo porque todos somos diferentes. Lamentablemente, hemos dejado de valorar la singularidad en pro de lo convencional, lo ‘normal’ y lo ‘previsible’. Apreciamos aquello que nos hace parecidos, no aquello que nos diferencia de los demás. Además, tenemos cierta tendencia a idealizar. Hasta el punto que muchas personas optan por la ficción para establecer ese ‘índice de valor’, lo que prácticamente lo convierte en imposible de alcanzar. No hay más que mirar a nuestro alrededor. La mayoría de anuncios muestran a personas tan retocadas que no existen. Aspiramos literalmente a un modelo de perfección falso, creado a golpe de click. Es una realidad contra la que estamos condenados a chocar, lo que conlleva toneladas de tensión y grandes dosis de estrés.

De ahí la importancia de recordarnos de vez en cuando que nunca ha habido, hubo ni habrá nadie que viva, experimente y sienta exactamente como nosotros. Somos absolutamente singulares. Cada uno de nosotros está compuesto por una serie de elementos comunes, pero la combinación es única en cada ocasión. Es imposible realizar una comparación objetiva, porque no hay dos seres humanos iguales. El sesgo está en nuestra mente. La adicción a la comparación nos hace perder perspectiva, atrapándonos en una ficción en la que siempre salimos perdiendo. Todos tenemos cualidades y carencias, pero curiosamente estas últimas parecen pesar el doble en nuestra balanza.
Lo cierto es que adaptarnos a nuestra propia exigencia puede resultar muy difícil. Resulta más útil y constructivo empezar por redefinir lo que auténticamente tiene valor para nosotros. Y para lograrlo tenemos que apostar por conocernos mejor, descubrir quiénes somos, cuáles son nuestras singularidades y capacidad de aportar valor añadido. Dejar de mirarnos en el espejo de los demás y empezar romper la burbuja de la comparación, que nos aleja del mundo pero sobretodo de nosotros mismos, de nuestro potencial y nuestra verdadera esencia.

En clave de coaching
¿Qué ganamos cuando nos comparamos con los demás?
¿Cómo cambiaría nuestra vida si nos midiéramos en base a nuestro criterio en vez del de las personas de nuestro entorno?
¿De qué manera mejorarían nuestras relaciones si cultivásemos nuestra autoestima?

Libro recomendado
‘El prozac de Séneca’, de Clay Newman (Debolsillo)
© Extracto del artículo publicado en el suplemento de La Vanguardia ‘Estilos de Vida’ (ES)

fuente: aqui

domingo, 20 de marzo de 2016

QUIERO DEJAR DE SER DESTRUCTIVO




¿Seré destructivo? En ocasiones algo negativo en vez de tornarlo en positivo o intentar aprender de ello, provocamos de alguna manera que nos destruya. ¿Cómo? Esto sucede porque no somos capaces de actuar de la mejor manera frente a esa situación.
Bien es cierto que es difícil y que muchas personas son, por tendencia, destructivas. Pero, si quieres dejar de serlo, si estás harto de utilizar la autodestrucción y deseas emitir juicios más acertados sobre la realidad y también sobre ti mismo, debes tener en cuenta estas formas de pensar que hacen que seas una persona destructiva.
A veces una simple crítica destructiva, puede hacer que la autoestima de esa persona caiga en picado – Anónimo.

1. No seas catastrófica.

Las personas destructivas hacen de un granito de arena una verdadera montaña. De alguna manera no pueden evitar ver siempre el peor lado de la situación. Por ejemplo, si eres madre y llamas a tu hijo por teléfono, pero este no te contesta, te imaginarás lo peor. Por tu mente pasarán imágenes de muerte, accidente, asesinato, secuestro, etcétera. Esto en ocasiones es irreal y excesivo, aunque también depende de la situación en la que se dé. Pero, lo normal es que sea terriblemente exagerado lo que podamos pensar de algo que en realidad no debe suponer problema alguno.

2. Exageras lo negativo.

Ligado con lo anterior, las personas destructivas exageran mucho lo negativo y, de esta manera, lo positivo apenas adquiere el valor merecido. Esta situación de exagerar siempre lo negativo y hacer que lo positivo sea casi siempre inexistente provoca, en ocasiones, estados de ansiedad y depresión. Es cierto que lo negativo siempre capta nuestra atención, pues a nadie le gusta pasar por una situación negativa. Pero, ¿será para tanto?.

3. ¿Crees que sabes lo que piensan los demás?

Esto es muy peligroso, pues en muchas ocasiones no estarás en lo cierto. ¿De verdad crees que puedes saber lo que piensan los demás? Puedes analizar su lenguaje corporal, las palabras que utilizan, creer que lo que dicen tiene doble sentido, pero probablemente estés equivocado.
El pensamiento de los demás es algo que se escapa de tu control y saberlo es algo de lo que nunca podrás estar confiado. En cada cabeza suceden cosas desconocidas para los demás. Deja de pensar que crees qué pasa por la mente de los demás, quizás te estés preocupando por algo que en realidad no existe.

4. No puedes ser perfecto

Las personas destructivas en ocasiones pretenden ser unos expertos en casi todo, algo que sin duda resulta imposible. Cada persona tiene unas debilidades y unas fortalezas diferentes a las de los demás. Querer lograr la perfección en todo o ser un experto en todo es algo imposible. Tú eres tú, y no eres perfecto. Es bueno que empieces a ver los errores como opciones a aprender más y mejor, y no como bloqueos y barreras que te pone la vida para humillarte y que no logres lo que deseas.

5. Elimina los “debería”

¿Debería? No, hazlo. Los “debería” están en la mente de muchas personas que, por miedo, no se atreven a ponerse manos a la obra y llevar a la acción lo que están pensando.
Es cierto que debemos pensar antes de actuar, pero si vivimos constantemente en un “debería” sin llevarlo nunca a la acción, esto nos provocará frustración y la sensación de sueños no realizados. ¿Por qué ocurre esto? Porque en la mente de las personas destructivas hay reglas inquebrantables, barreras que no se pueden transgredir. Pero eso es lo que ellos creen.
Lo que debería ser o no ser el mundo es solo cosa tuya. No hay un patrón ideal de cómo debería ser todo. Eso tan solo es cosa tuya, es tu vida, es tu camino, son tus metas y tus logros

6. ¡No culpes a los demás!

Las personas que son destructivas a veces no se destruyen a sí mismas si no también a los demás. ¿Te sientes mal contigo mismo? ¿Un error te ha afectado profundamente? No culpes a los demás por ello, pues no tienen nada que ver. Esto solo de muestra que presentas una total falta de responsabilidad a aceptar tus propios errores.
En ocasiones esto sucede porque no podemos cambiar a los demás, pero es que a lo mejor no sabías que al único que puedes cambiar es ¡a ti mismo! Intentar cambiar a los demás solo generará frustración y un gasto de energía inútil. No culpes a los demás, intenta cambiar, intenta modificar ese pensamiento autodestructivo que tienes. Todo eso negativo que crees te rodea, ese mundo que crees está en tu contra, existe solo en tu mente. ¡Dale la vuelta!
Es difícil ser consciente de todo esto, por eso el primer paso es saber si soy una persona destructiva o no. Una vez identifico esta conducta debo empezar a cambiar patrones de comportamiento y de pensamiento tales como culpar a los demás, llevarlo todo al extremo y no prestar a atención a lo positivo que ocurre en la vida.
El elemento más destructivo en la mente humana es el miedo – Dorothy Thompson

Fuente: Rincón del Tibet
 
fuente: aqui 

sábado, 27 de febrero de 2016

Desarma a tu enemigo: 5 pasos para transformar a personas conflictivas



¿Te gustaría ver como de pronto cambia esa persona que te hace la vida imposible? Si ya no aguantas a tu vecino, compañero de trabajo, familiar, tu pareja, tu hijo  o a quien sea, es que quizá necesitas empezar a emplear una estrategia diferente en tus relaciones. A decir verdad, y siendo honestos, si definimos la palabra enemigo diríamos que es alguien que no es tu amigo o tu compañero, es decir, alguien en quien no puedes confiar, compartir lo que te gusta y que te puede hacer la vida no grata, difícil y hasta conflictiva, así que cualquier persona a nuestro alrededor podría ser nuestro enemigo, lo cual no suena tan lindo, sobre todo cuando se trata de personas con las que convivimos diariamente o resultan ser parte de nuestra familia.

Transformando a tu enemigo
Si en verdad estás dispuesto a transformar a tu enemigo, el primer paso sería empezar a ver que realmente, cuando hay guerra, es que hay dos que participan. No puede haber una guerra sin oponente, así que si tienes enemigos es que de alguna forma tu también has aceptado y admitido jugar este juego. Muchas veces pensamos que el otro es el “malo”, el incomprensible, el grosero, etc. Pero cada vez que admitimos que el otro es el que “nos hace”, por otro lado estamos admitiendo que …¡somos víctimas del otro! Y entre más juguemos el papel de víctima, mas alimentamos a nuestros enemigos. Así que tendríamos que empezar a observar cuanto poder le hemos dado a nuestro enemigo admitiendo que el tiene el poder sobre nosotros.

Tu tienes el poder de tu realidad
Nosotros somos responsables de nuestras alegrías, tristezas, enojos, miedos, etc. En realidad, las otras personas no pueden hacernos sentir ni mal ni bien: uno ya se siente mal, inseguro, intolerante, etc., y entonces lo único que puede hacer el otro es movernos nuestras inseguridades o nuestra falta de amor o aprecio por lo que somos.

El poder de tu enemigo
Un enemigo tiene poder en nosotros sólo cuando lo consideramos responsable de nuestra alegría o de nuestra paz. Si tú admites que el otro es responsable de tu alergia y tu paz, y que puede quitarte esto con una mirada, una palabra o una acción, entonces tu mismo le das fuerza.  Así que lo primero que debes entender es que tu felicidad y paz dependen de ti, de cuanto te conozcas y hayas aprendido a quererte, respetarte, amarte, etc.

5 pasos para desarmar poco a poco a tu enemigo
No contestes la agresión: si cada vez que alguien te hace un agravio, te ve o te contesta “mal”, etc., tu contestas, entonces lo único que provocas es alimentar el juego. Si en un juego de futbol tu no respondes la “pelota”, el juego no tiene sentido y el otro tendrá que dejar de jugar.  Así pues, no respondas. No creas que por esto el otro pensara que eres débil o que “te dejas”. A decir verdad, nos tiene que dejar de importar lo que el otro piense, lo que importa es lo que tu deseas lograr en tu vida, y si quieres una vida más en paz y grandiosa, tendrás que dejar de jugar juegos pobres que no tienen sentido y no te llevan a ninguna parte.

Si te sientes muy enfadado por lo que alguien te hace, dice o piensa de ti, se vale enojarte. Es importante que no evadas lo que sientes y que reconozcas tus emociones mas sinceras. Así que, aunque no le contestes, permítete sentir ira o furia, si guardas estos sentimientos o los niegas o controlas o finges que “no te importa” o “No vale la pena”, no estarás retroalimentándote y llegara un momento en que se llene el vaso de tu paciencia y te desesperes o saques de quicio con alguna leve provocación. Desahoga estos sentimientos en tu cuarto o en algún lado donde puedas expresarte a solas.

Aprende a dirigir tu atención a las cosas que si quieres, recordando que nadie realmente puede hacerte feliz sino tu mismo, y que si no te empeñas en poner atención a lo que te hace feliz y a tener fuerte voluntad por manifestar tus sueños, entonces siempre habrá quien te mueva el tapete con juegos pobres y tengas que invertir tu energía en crear problemas sin sentido.

Una de las formas más eficaces para romper el juego del “enemigo” es que lo veas como alguien que te quiere enseñar algo de ti en lugar de verlo como alguien que te trata mal. Si cuando te hace o dice algo, tu te observas a ti mismo, entonces podrás reconocer si lo que dice es cierto o no, y a partir de ahí aprender a observarte. Por ejemplo, si te dice tu oponente que eres un “imbécil”, entonces obsérvate y ve si en verdad eres lo que se te dice. Si sientes que has cometido un error o que actuaste de forma impulsiva o agresiva, entonces quizá puedas poco a poco ir teniendo la humildad de reconocer tu actitud y de cambiarla. Y quizá entonces puedas decirle a tu enemigo “Gracias por mostrarme esto de mi”. Y entonces, dejaras a tu oponente desarmado y sin más, incluso podrás apenarlo un poco si es que te ha dicho esto como un agravio. Por otro lado, si vez que tu oponente no tiene razón en lo que dice, entonces no tienes porque enfadarte, pues solo nos puede enfadar lo que consideramos una verdad en nosotros.

Trata de darle a tu oponente lo que más quieras que te den a ti. Si quieres que el sea amable, lindo o que te respete, trata de hacerlo tú mismo para con él o ella. Veras cuán difícil es dar algo cuando no lo sentimos. ¿Y sabes por qué no lo sientes? Porque tendrás que empezarlo a dar a ti mismo primero, porque si ya lo tuvieras no lo tendrías que ir a pedir a tu oponente. No generes altas expectativas con las personas, recuerda que cada quien hace lo que puede, si te estas relacionando con alguien que te agrede es porque quiza tambien tu necesitas desarrollar mas amor, compasión y comprensión por los emás.

Sigue estos 5 pasos y veras que poco a poco, a medida que tu te transformas y aprendes de tu enemigo, este simplemente o, desaparece de tu vida, o se vuelve una persona más afable en tu vida.

fuente: La Ciencia de la Naturaleza

miércoles, 17 de febrero de 2016

Vivir sin excusas




“La gente no busca razones para hacer lo que quiere hacer, busca excusas”, William Somerset
La excusa es la reina del escaqueo. Cual Houdini, surge para liberarnos de cualquier situación comprometida o indeseada. O al menos, lo intenta, con más o menos convicción. “Hoy no puedo porque estoy enfermo”. “No me ha sonado el despertador”. “Lo siento, no podré asistir porque tengo un compromiso previo”. “No eres tú, soy yo”. Tampoco podemos olvidar el clásico de las aulas “el perro se ha comido mis deberes”, que rivaliza con el actualizado “entró un virus en el ordenador y borró todo el disco duro”. Estas son algunas de las excusas más habituales con las que manejamos nuestra agenda social y profesional. ¿Cuántas veces las hemos escuchado? Y ¿cuántas las hemos pronunciado?

Según el diccionario, “excusa” significa “motivo o pretexto para eludir una obligación o disculpar alguna omisión”. En base a esta definición podríamos afirmar que existen excusas más y menos ciertas, lo que abre una puerta a la siempre fértil creatividad. Y todas ellas están dirigidas a evitar enfrentarnos a una determinada situación, persona, o circunstancia que nos genera rechazo, malestar, desgana o simple pereza. No podemos dudar de la utilidad de las excusas, si bien su efectividad no siempre alcanza los niveles deseados. Lo cierto es que en muchas ocasiones son una suerte de lubricante social, una especie de fórmula de cortesía. Existen para evitarle nuestra cruda verdad u opinión a nuestro interlocutor y, a la vez, eludir la posibilidad de ‘quedar mal’ o que éste se moleste. No en vano, las excusas son las grandes aliadas de cubrir las apariencias.

Resultaría desagradable decirle a un conocido que no te apetece ir a su boda porque la novia te parece una petarda. O a tu madre que no le quieres presentar a tu nueva pareja porque se pone muy pesada. O a tu jefe que no has terminado el informe porque has estado muy ocupado poniendo a prueba tu particular límite de alcohol en sangre ese fin de semana. Las excusas acuden al rescate y visten de seda a la mona. “Me encantaría, ¿eh? Pero justo ese día tengo un viaje de trabajo del que no me puedo escapar”. “Mamá, ya te lo presentaré cuando sea algo más serio”. “Lo siento muchísimo, pero he estado con una tremenda gripe intestinal y no me ha dado tiempo a terminar el informe”. Así es como las excusas se han convertido en moneda de cambio habitual en todo tipo de situaciones. El peligro que conllevan es que no siempre contentan a nuestro interlocutor. Y tienen un tinte de mentira que puede terminar por mancharnos.

Entre la espada y la excusa
“El hombre realmente libre es aquel que puede rechazar una invitación a comer sin dar una excusa”, Jules Renard
La mayoría de seres humanos afirma valorar la honestidad, pero se permite a menudo la muletilla de la excusa. Como cuando nos presentan al bebé de una amiga. No resulta muy sensible ni empático afirmar que su nueva incorporación a la familia es más feo que pegarle a un padre con un calcetín sucio. Salimos por la tangente, tratando de mantener la elegancia y la compostura sin quebrarnos: “¡Qué simpáticooo!”. Así, excusamos la verdad para no herir sentimientos ajenos.

Existen muchos tipos de excusas, posiblemente una para cada situación. Pero a grandes rasgos, las podemos dividir en dos grandes categorías: las que les contamos a los demás y las que nos contamos a nosotros mismos. En este último departamento hay excusas sinceras y excusas rastreras. Pero todas ellas tienen en común una tendencia constante a postergar y a procastinar. “Ya lo haré mañana”. “Aún no estoy preparado”. “Encontraré un hueco la semana que viene…” Cualquier cambio, por pequeño que sea, suele despertar ciertas resistencias en nuestra mente. Y éstas se convierten en las mejores aliadas de las excusas, que aparecen para convencernos de que ‘ahora’ no es el momento más conveniente para pasar a la acción. Pero posponer tan sólo agrava la situación. Cuando sabemos que deberíamos hacer algo y lo postergamos una y otra vez, el asunto en cuestión termina por hacerse cada vez más grande y más incómodo. Y así entramos en el círculo vicioso de las excusas.

Pongamos por ejemplo un clásico de estas fechas: el sano propósito de apuntarnos al gimnasio para perder esos kilitos de más que dejan los turrones y polvorones a su paso. Firmes en nuestra decisión de ganarle la batalla al mazapán, el dos de enero estamos exultantes, dando nuestro número de cuenta al amable recepcionista e incluso preguntando por el servicio de entrenador personal. Salimos de allí particularmente satisfechos de nosotros mismos, imaginándonos los generosos y firmes frutos que nos granjeará tan entregado esfuerzo. A los pocos días, ya de nuevo inmersos en la rutina del trabajo, la familia y nuestras múltiples obligaciones, la idea del gimnasio va perdiendo fuelle.

“Hoy no puedo, saldré tardísimo de la reunión”. “Hoy estoy demasiado cansado, me tumbaré un momento en el sofá y después iré para allá”. “Hoy… me duele un poco la cabeza y seguro que si voy al gimnasio luego me encontraré peor”. Y así ad infinitum. En este escenario, las excusas nos proveen con un alivio temporal, una explicación plausible de nuestra falta de acción. Pero si nos atrevemos a mirar más allá del velo con el que confunden nuestra conciencia, nos daremos cuenta de que alimentando esa forma de pensar lo único que logramos es sabotear y torpedear nuestras propias aspiraciones.

Propósitos valientes
“Las excusas son el refugio de los cobardes”, Clay Newman
Posiblemente todos los seres humanos en algún momento de nuestras vidas nos hayamos creído nuestras propias excusas. Las que nos aseguraban que no podíamos perseguir nuestros sueños porque no era el momento oportuno. Las que nos sugerían que no nos moviéramos de la zona de confort porque ‘total, no estamos tan mal’. Las que nos mantienen anclados en rutinas que no disfrutamos y en hábitos que nos lastran. En última instancia, las excusas crean una distracción que nos permite escapar de la responsabilidad. Podemos pensar que son válidas, y optar por no revisarlas y cuestionarlas. El problema es que semejante bomba de humo difumina la importancia del tema en cuestión, pero no elimina el asunto de fondo. Y aunque logremos ocultarlo debajo de la alfombra durante un tiempo, siempre termina por hacernos tropezar.

Utilizamos la excusa a menudo para evitar ver lo que tememos ver, sobre nosotros mismos y sobre nuestra propia vida. Por miedo, cansancio, desinterés, conformismo… Es más fácil mirar hacia otro lado que enfrentarnos a la realidad de una relación de pareja moribunda. O un trabajo drenante e insatisfactorio. O algún que otro problema familiar. Pero la excusa es cobarde. Nos ofrece confort y protección, una cierta sensación de tranquilidad, como la nana que nos cantamos antes de acostarnos para alejar las pesadillas. Pero no es más que una ilusión que nos lleva únicamente a perder el tiempo.

De ahí la importancia de poner a las excusas en su sitio. Pueden resultar muy convincentes y sibilinas, pero el esfuerzo de ir más allá de sus pretextos nos acerca a nuestra verdad, que no es más que nuestra capacidad de ser auténticos. Depende de nosotros dejar de excusarnos y dejar de ponernos excusas. ¿Cuántas veces nos repetimos que no podemos, que no somos capaces o que no tenemos las competencias para lograrlo? ¿Qué pasaría si en vez de pensar “¿y si no sale bien?” nos preguntásemos: “¿Y si sale bien?” En palabras de un antiguo proverbio árabe: “Quien quiere, encontrará un medio; quien no, una excusa”.
Por un 2016 viviendo sin excusas…¡Felices fiestas a todos!

En clave de coaching
¿Qué ganamos cuando ponemos una excusa?
Y ¿Qué podemos perder?
¿Cómo cambiarían nuestras relaciones si dejáramos las excusas a un lado?

Libro recomendado
‘Excusas para no pensar’, de Eduardo Punset (Destino)